El cuento de Leo

Un día mientras cenaba con su hermano, Lilith levantó su mirada y dijo: Leo sabe porqué los duendes tienen las orejas puntiagudas.

Leo miró ojiplático puesto que no recordaba lo que le había contado a su hermana.

– Los duendes tienen las orejas blanditas y como son muy traviesos, sus padres que son muy malos y regañones les pegan tironcitos desde arriba.- Acabó contando Lilith al ver que su hermano no se animaba a decirlo.

Y claro mamá aprovechó para decirles que efectivamente habían dado en el kit de la cuestión.

– Os contaré el cuento del duende con las orejas redondas.- Dijo su mamá.- Pero vosotros tenéis que terminaros la tortilla, el jamón y el tomate.

“Era un duende tan bueno, tan bueno, tan bueno, que sus padres jamás tuvieron que tirarle de las orejas. Fin”

– ¿Y ya está mamá?.- protestó Lilith.

– Sí, ya está. ¿Qué más quieres?- terminó diciendo mamá.

– Pues vaya rollo. Yo pensaba que nos contarías una historia de aventuras.- Añadió Leo.

– Pero vamos a ver chicos, ¿no os he dicho que era tan bueno que nunca había que llamarle la atención? pues pocas aventuras puedo contaros.- dijo mamá.

– Vamos a hacer una cosa, hoy os vais a dormir y os imagináis todas las cosas que podría hacer el típico duende y que no hizo el misterioso duende de las orejas redondas. Luego pensad los motivos por los cuales ese duende no hacía nada ni parecido. ¿Vale?

– No te entendemos mamá.- dijo Lilith.

– No hables en plural Lili.- respondió mamá.

– Es fácil. Ahora id a la cama, imaginaos las aventuras de los duendes, los típicos duendes. Mientras, imaginad al duende que no corría aventuras. Imaginad como le invitaban los otros duendes a vivir aventuras. Finalmente, imaginad qué contestaba el duende de las orejas redondas para no participar.

– Vale mami. Ya verás qué aventuras te vamos a contar.- dijo de nuevo Lilith usando el plural.

Y se fueron a la cama.

Al día siguiente los niños estaban deseando contar todas sus aventuras. Le contaron como los duendes habían llenado de agua y bicarbonato y vinagre un matraz y al ponerle un tapón había estallado. Le contaron el modo en el que habían estado haciendo comiditas con harina, tierra y malas hierbas. También le contaron cómo habían pintado las paredes con sus medidas a ver quién era el más alto. Y así estuvieron contando más de una hora.

Entonces mamá le pidió que los dibujasen. Cuando ya habían terminado de dibujar, les pidió que dibujasen al duende de las orejas redondas. Luego mamá les pidió que dibujasen a los papás del duende de las orejas redondas y para terminar que dibujasen a los papás de los duendes con las orejas puntiagudas.

¿Os imagináis el resultado? Pues me temo que los únicos mayores sonrientes eran los del duende más triste.

– Pero… entonces, ¿por qué los duendes en su mayoría tienen las orejas puntiagudas y las caras sonrientes?- Preguntó mamá.

– Hombre porque se lo pasan bien. Porque juegan.- Contestó Leo.

– Claro, Leo, los duendes tienen que jugar pero también es normal que tengan las orejas puntiagudas.- Terminó aclarando la mamá.

Nota de la autora: Por desgracia hoy en día los niños cada vez tienen las orejas menos puntiagudas y las caras menos alegres. Creo que los mayores nos estamos equivocando en algo.

 

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